Salto y el trabajo migrante: cuando el problema no es quién llega, sino lo que falta. Por Dr. Gabriel Cartagena Sanguinetti. Abogado.
Salto y el trabajo migrante: cuando el problema no es quién llega, sino lo que falta.
Por Dr. Gabriel Cartagena Sanguinetti. Abogado.
La discusión sobre el trabajo y población migrante suele plantearse en términos equivocados. Los datos muestran una realidad diversa: argentinos, cubanos, venezolanos y brasileños integran buena parte de la fuerza laboral que hoy busca oportunidades en nuestro país. Sin embargo, en el norte —y particularmente en Salto— el foco no debería estar en quién llega, sino en qué tan poco hay para repartir según los números oficiales.
Porque el verdadero problema es otro: la escasez de empleo de calidad.
Salto arrastra históricamente dificultades estructurales en su mercado laboral. Altos niveles de desempleo, informalidad persistente y una fuerte dependencia de sectores zafrales o de baja productividad configuran un escenario donde las oportunidades ya son limitadas para los propios salteños. En ese contexto, la llegada de población migrante no genera el problema, pero sí lo expone con mayor crudeza.
La tensión aparece cuando la oferta laboral es insuficiente. Y allí se instala —muchas veces de forma injusta— una lógica de competencia entre quienes están en la misma situación de vulnerabilidad: trabajadores locales y migrantes disputando espacios precarios, mal remunerados o inestables.
Pero reducir el análisis a esa aparente competencia es un error conceptual y político.
El norte del país no necesita menos migración. Necesita más desarrollo y sabemos que se está buscando esa línea después de varios años sin movimiento en ese aspecto.
Mientras el sur concentra inversión, infraestructura y diversificación productiva, departamentos como Salto siguen esperando políticas sostenidas que impulsen el empleo genuino. La Central Hortícola, el turismo termal, la logística de frontera y la reconversión laboral hacia nuevas áreas productivas son oportunidades reales, pero aún insuficientemente explotadas.
En ese marco, la población migrante no es una carga: es también fuerza de trabajo, consumo, dinamismo económico. El problema es que se inserta —igual que muchos uruguayos— en un sistema que no logra generar las condiciones necesarias.
La discusión de fondo, entonces, debe ser otra: ¿qué modelo de desarrollo queremos para el interior? ¿Cómo evitamos que el norte siga siendo sinónimo de rezago?
Porque cuando el trabajo falta, la tensión social crece. Pero cuando hay oportunidades, la convivencia fluye.
Y esas soluciones no pasan por cerrar puertas, sino por abrir caminos.

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