Por Matías Suárez
Por Matías Suárez
Un año después: de la desidia heredada al camino que comienza a trazarse.
El primer año de cualquier gobierno es el más complejo. Es el tiempo en que las expectativas e ilusiones de la gente choca con las limitaciones heredadas. Donde las promesas electorales comienzan a enfrentarse con la realidad de la administración. En Salto, esa realidad iba a estar marcada por los serios problemas arrastrados de años a consecuencia de una pésima administración.
Luego de diez años de una gestión lamentable, que dejó una Intendencia con serias dificultades para responder a las necesidades de la población, el nuevo gobierno asumió con una tarea que iba mucho más allá de ejecutar obras, mejorar la calidad de servicios y anunciar proyectos. El desafío consiste también en recuperar la confianza y credibilidad de los salteños.
Ningún departamento cambia en doce meses cuando durante una década se fueron postergando inversiones, descuidando los espacios públicos, no apostando a la infraestructura y sin presencia en el territorio. La reconstrucción requiere tiempo, responsabilidad y, sobre todo, una hoja de ruta clara.
A un año del cambio de gobierno, lo que puede evaluarse no es la culminación de un proceso, sino su cambio de rumbo y nueva actitud. Y en ese sentido comienzan a advertirse señales alentadoras. Se percibe una administración más cercana a los vecinos, con mayor presencia en el territorio y con la voluntad de recuperar una forma de gestionar basada en el diálogo, la planificación y la búsqueda de abrir el departamento a inversiones que generen oportunidades para los jóvenes de nuestro departamento.
Naturalmente, quedan desafíos y objetivos enormes. La recuperación de la caminería urbana y rural, la recuperación de los espacios públicos, el fortalecimiento del turismo, el apoyo a la producción y la generación de oportunidades para los jóvenes continúan siendo demandas legítimas de los salteños. Nadie pretende desconocerlas. Por el contrario, son precisamente esos desafíos los que deben marcar la hoja de ruta de este gobierno para los próximos años.
Sin embargo, gobernar exige asumir decisiones que muchas veces no generan aplausos inmediatos en la población. Ordenar las finanzas, revisar la administración de la intendencia, priorizar gastos y corregir procesos son tareas menos visibles que inaugurar una obra o concretar una inversión, pero imprescindibles para construir una gestión sostenible.
Un año es poco para juzgar definitivamente una administración, pero suficiente para identificar si existe un rumbo. En Salto, ese cambio de rumbo se puede notar. Con más presencia en territorio, cambio de actitud, búsqueda de nuevas inversiones y más cercanía con los vecinos. Ahora, con un presupuesto propio y a la espera de las primeras partidas del financiamiento; lo que permitirá atacar de lleno problemas trascendentales para el departamento como lo es la infraestructura y la falta de inversión.
Quedan cuatro años para consolidar ese camino y transformar las señales en realidades concretas. Porque el verdadero éxito de un gobierno no se mide por la cantidad de discursos que pronuncia, sino por la calidad de vida que logra mejorar de su población.
Los salteños, de forma contundente en las urnas, eligieron un nuevo rumbo. Un año después, esa decisión comienza a mostrar sus primeros frutos. Ahora corresponde sostener el esfuerzo, profundizar los cambios y demostrar que era posible gobernar de otra manera. Ese es el compromiso que hoy tiene la administración departamental y, al mismo tiempo, la expectativa de toda una comunidad que quiere volver a sentirse orgullosa de su departamento

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