Geoingeniería y fenómenos naturales: ¿ciencia, hipótesis o una pregunta que debemos hacernos?
Geoingeniería y fenómenos naturales: ¿ciencia, hipótesis o una pregunta que debemos hacernos?
Por Dr. Gabriel Cartagena Sanguinetti. Abogado. Asp. Docente en Facultad de Derecho. Udelar. Socio FIADI e integrante de EDI.
Salto vivió el pasado 18 de julio un fenómeno meteorológico que difícilmente olvidaremos. Vientos superiores a los 129 kilómetros por hora fueron reportados durante una tormenta que provocó enormes daños, particularmente en la producción hortícola, además de afectaciones en viviendas, infraestructura y servicios. INUMET había emitido advertencias por tormentas fuertes y puntualmente severas para aquella jornada.
Ante acontecimientos de semejante magnitud aparece una pregunta que cada vez circula más en el mundo: ¿todos estos fenómenos son exclusivamente naturales o el ser humano posee actualmente tecnología capaz de intervenir sobre el clima?
La respuesta exige seriedad.
La geoingeniería no es una teoría conspirativa. Es un campo real de investigación científica. Dentro de ella se estudia, entre otras posibilidades, la denominada modificación de la radiación solar, mediante tecnologías destinadas a reflejar parte de la energía solar y producir un efecto de enfriamiento. Naciones Unidas reconoce que existen investigaciones sobre estas técnicas, aunque advierte que persisten enormes incertidumbres sobre sus consecuencias y que actualmente no están en condiciones de ser desplegadas a gran escala de manera segura.
También existe desde hace décadas la llamada modificación artificial del tiempo, incluyendo experiencias de “siembra de nubes”. Por tanto, afirmar simplemente que el ser humano no puede intervenir de ninguna manera sobre determinados procesos atmosféricos tampoco sería científicamente correcto.
Pero debemos colocar un límite fundamental: que exista la tecnología no significa que podamos atribuirle los temporales que padecemos en Salto.
Hasta el momento no existe evidencia pública seria que permita afirmar que el temporal del 18 de julio, las granizadas, las lluvias intensas o los fuertes vientos registrados en nuestra región sean producto de una intervención artificial. Sostenerlo como un hecho sería transformar una pregunta legítima en una afirmación sin prueba.
Sin embargo, tampoco deberíamos ridiculizar automáticamente a quien pregunta. La ciencia precisamente progresa preguntando, investigando y demostrando.
El debate que viene es mucho mayor.
Si algún Estado consiguiera modificar deliberadamente condiciones climáticas y esa intervención produjera consecuencias sobre otro país, ¿quién respondería por los daños? ¿Quién autorizaría esas prácticas? ¿Qué controles internacionales existirían? ¿Puede una decisión realizada a miles de kilómetros terminar alterando lluvias, temperaturas o ecosistemas de terceros Estados?
El Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente advierte precisamente que una eventual utilización de tecnologías de modificación de la radiación solar podría producir impactos regionales y globales todavía inciertos. Tenemos, después de todo, una sola atmósfera.
Para Salto la prioridad inmediata debe continuar siendo mucho más concreta: mejores sistemas de prevención, información meteorológica suficientemente anticipada, infraestructura preparada para fenómenos severos, protocolos de emergencia y apoyo efectivo para quienes pierden viviendas, cultivos o fuentes de trabajo.
Pero también debemos mirar hacia adelante.
La geoingeniería pertenece ya al vocabulario científico del siglo XXI. No corresponde convertirla en explicación automática de cada tormenta, pero tampoco ignorar que la humanidad está estudiando tecnologías que buscan intervenir deliberadamente sobre el sistema climático.
Entre la conspiración y la negación existe un camino mucho más sensato: preguntar, investigar y exigir evidencia.
Después de lo vivido en Salto, esa discusión también merece comenzar.

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