La situación de Venezuela vuelve a interpelar a la región y a las democracias que aún creen en el Estado de Derecho como límite al poder. No se trata solo de una crisis coyuntural, sino del resultado de causas históricas profundas: instituciones debilitadas, dependencia del petróleo, personalismo político y una progresiva naturalización del autoritarismo que pasa de manos de Maduro a Rodriguez y no parece tener un final aún.
Durante años, el régimen supo sobrevivir apoyado en el control del aparato estatal, la fragmentación opositora y la resignación social. Hoy, esa estructura de poder no luce agotada. Quien sí está agotado es el pueblo venezolano: cansado de promesas incumplidas, de elecciones sin garantías reales, de emigrar para sobrevivir y de ver cómo la política se divorcia de la vida cotidiana.
El desafío democrático no pasa únicamente por un cambio de nombres, sino por la reconstrucción de reglas, controles y confianza. Sin instituciones fuertes, sin alternancia real y sin respeto a los derechos fundamentales, no hay democracia posible, solo su apariencia.
Venezuela nos recuerda que la democracia no se pierde de un día para otro, pero sí se vacía lentamente cuando el poder deja de tener límites y la sociedad termina pagando el costo.
Dr. Gabriel Cartagena Sanguinetti. Abogado. Asp. Docente en Facultad de Derecho.
