Hay un momento —difícil de fechar, imposible de olvidar— en el que una idea deja de ser un deseo y se convierte en un compromiso. Para ella, ese momento llegó cuando decidió tomarse en serio algo que siempre había estado ahí: las ganas de crear. El empujón de una persona clave fue determinante, pero la certeza vino después: podía sostenerlo sola.
Emprender nunca fue una novedad. A los 15 años lanzó su primer proyecto, una marca de joyas, y desde entonces no dejó de imaginar, probar y ejecutar. “Siempre tuve ideas y las llevé a cabo. Cuando quiero algo, no paro hasta lograrlo”, cuenta. El detalle, la diferencia y la autenticidad no son estrategias: son su forma de hacer.
A los 20, lejos de ver limitaciones, encontró impulso. “No creo que emprender a esta edad sea difícil. Tal vez la inversión puede ser un obstáculo, pero siempre hay formas. El resto son excusas”, afirma con convicción. Los comentarios que intentaron marcarle un techo —“no vas a poder”, “no vas a llegar”— se transformaron en motor. Aprendió a no creer en esas falacias.
Desde chica soñó con ser química. Y hoy, de una manera inesperada, ese sueño empieza a materializarse. Con LĀ BAS̄E, su marca, no solo construyó un proyecto propio, sino también un puente entre vocación, ciencia y cuidado real de la piel. “Cuando vi la marca tomar forma, no pude dejar de llorar. Hasta que no lo ves frente a vos, no caés”, confiesa. Nunca imaginó que a los 20 estaría haciendo todo esto.
Hay cosas que no negocia. No compara de forma falsa. No promete resultados mágicos. Entiende la piel como un proceso, algo que cambia, evoluciona, y por eso la marca también lo hace. LĀ BAS̄E no vende soluciones instantáneas: acompaña procesos reales.
¿A quién le habla? Especialmente a personas de su edad. Quiere que quien la escuche piense: “si ella pudo, yo puedo”. Detrás de cada respuesta, dice, hay un proceso enorme. Y una certeza inquebrantable: va a llegar lejos, cueste lo que cueste.
Este proyecto no es solo para quien es hoy, sino para la mujer que quiere ser. “Esto es un árbol que va a dar frutos”, define. Y cuando se pregunta qué perdería si no funcionara, la respuesta es clara: no le teme a perder plata ni tiempo. El único miedo real es quedarse con la duda. Con el “¿y si lo hubiera intentado?”.
Las ganas, la entrega, el aprendizaje y todo lo puesto en el camino ya nadie se lo puede quitar. Eso, pase lo que pase, ya es suyo.
