Muchas personas atraviesan una lucha silenciosa antes de llegar a consulta psicológica. Dudan, minimizan lo que sienten, se exigen poder solas, sienten culpa, miedo o vergüenza por pedir ayuda.
Pelean con su propio dolor intentando sostenerse como pueden.
Pero el día que deciden dar ese paso, algo cambia. No porque todo se resuelva de inmediato, sino porque dejan de estar solas con lo que duele.
Llegar a consulta marca un antes y un después: es el momento en que el sufrimiento empieza a tener palabras, sentido y acompañamiento.
Pedir ayuda no es debilidad, es un acto profundo de valentía y amor propio.

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